Como perla callada
navega esa luz
surcando el ocre de agua,
hondo muro blando
miasma
de voz y pesadilla.
Punto ciego lejano,
gota clara en piélago tinta,
por oleajes de sombra hondea
blanca llama de esperanza nívea.
En sus fangales
el silencio de costas
teme a punta lucero
de navegante claro,
de escombro de día,
de extraño aviso demorado
por agua que sufre
su negror
difuso débil,
su cansancio.
Las arenas de la noche se estremecen,
tiemblan largo un milagro bruto.
Un arcano en brillo se acerca
como hoja y nieve
vagando distraídas.
Sonrosada y lentamente
besa la estrella las orillas,
de olvido cenagosas trampas,
y tranquila se adormece
en obtuso hundimiento.
El páramo otra vez apacigua,
calma miedos y el desvelo,
y al abrazo vuelve su negrura
y al recuerdo encierra en lentos ecos.
miércoles, 18 de enero de 2012
domingo, 21 de agosto de 2011
Ruinas de un poema, Mario Trejo
No sé si fue verdad que nos amamos
ni si es verdad esto que llamo olvido
Yo te imagino perdida en otra hora
desnuda entre panteras temerosas
sobre las ruinas del templo que incendiamos
Yo también estoy solo
en este sueño que alguna vez soñamos
y aún soñamos
No sé si fue verdad que nos amamos
ni si es verdad esto que llamo olvido
viernes, 15 de julio de 2011
20
A ese espectro
que ata racimos
de tamarices
en tiras y lianas,
y anuda en la ensenada
aves y hojas,
que baila en vaivén
como un eco luciente.
A ese cuerpo oscuro,
a esa espesa nada,
la furia del olvido reclama.
Mis látigos afloran
puntales de oro
que graban
en otra carne mía
la quietud propia de la niebla.
A aquel susurro cálido le lloro
y también grito
en su extraña negrura.
Lo invoco como un todo
que sólo deja el silencio.
Mientras, los ramajes, lejos,
sus durmientes,
y esas flores sentadas en la bruma.
La potencia ruge
por aquello aún distante.
Perdón, sol, si te encuentro.
No querría tocarte.
Pero es el hambre de olvido
quien me exige lo inmenso.
que ata racimos
de tamarices
en tiras y lianas,
y anuda en la ensenada
aves y hojas,
que baila en vaivén
como un eco luciente.
A ese cuerpo oscuro,
a esa espesa nada,
la furia del olvido reclama.
Mis látigos afloran
puntales de oro
que graban
en otra carne mía
la quietud propia de la niebla.
A aquel susurro cálido le lloro
y también grito
en su extraña negrura.
Lo invoco como un todo
que sólo deja el silencio.
Mientras, los ramajes, lejos,
sus durmientes,
y esas flores sentadas en la bruma.
La potencia ruge
por aquello aún distante.
Perdón, sol, si te encuentro.
No querría tocarte.
Pero es el hambre de olvido
quien me exige lo inmenso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)